EL CAMINO DE LA BALLENA

Futuriza: Panorama y Materia
José Manuel Monge L. para LOFscapes
17.12.2019
(1) Disney, W. (productor), & Luske, H.; Sharpsteen, B. (directores), Gepetto en el interior de la ballena, (imagen tomada de Pinocho,1940). © Walt Disney Productions.

Los cetáceos han sido objeto de admiración desde hace, al menos, cinco siglos. Históricamente, han sido vistos siempre desde la distancia que su misma escala y hábitat permite, originando un imaginario rico en significados a su alrededor. Sin embargo, la relación entre estos y los humanos ha sido mucho más cercana —además de mucho más oscura— de lo que en un principio parece: una cacería unidireccional que ha cimentado parte importante de las bases de la sociedad que hoy conocemos Y un mito que sostiene una actividad que se alimenta, a su vez, de otros mitos.

Cetaceans have always been an object of admiration for, at least, five hundred years. Historically, however, they have always been seen only from afar. From the distance that their scale and habitat impose on any observer. This has created an imaginary rich in meanings and myths. The relationship between them and humans, however, has been much more proximate, intricate, and dark- than it initially seems: A unidirectional hunt that has cemented part of the foundations of today’s society. A myth that sustains an activity that feeds, also, on other myths.

“It is not down on any map; true places never are” (1)

(1) Herman Melville, Moby Dick; Or, The Whale
(Nueva York: Harper & Brothers, 1851).

En el año 1984 la primera filmación de un cachalote en su estado natural fue rodada en la costa de Sri Lanka (2). Si bien modesto, este hecho representó un hito en cuanto a nuestro vínculo con estos cetáceos, que hasta ese momento —salvo contadas excepciones— consistía en una relación puramente virtual. Esta virtualidad fue la creadora de una mitología que consideraba al cachalote, y la ballena en general, como portadores de características tanto humanas como divinas. La lucha entre naturaleza y humanidad, el bien y el mal, o incluso la libertad o la inocencia, fueron algunos de los rasgos atribuidos a estos.

(2) Philip Hoare, Leviatán o la ballena
(Barcelona, España: Ático de libros, 2018).

No parece sorprendente que el tema de la escala sea relevante en estos relatos. Las tres grandes religiones occidentales hacen referencia a Jonás y la ballena en sus textos sagrados, y todos muestran al profeta viviendo dentro del “pez,” que es capaz de albergar en su inmensidad a una persona viva. La ballena protege a la vez que contiene y castiga, siendo a la vez cárcel y refugio. Este interior, semejante a la cueva habitada por el eremita, parece tener además la particularidad de hacer más sabio a quien lo habita, funcionando como un purgatorio de culpas y pecados que es capaz de premiar con la libertad a quien lo sobreviva.

Este paisaje interior tuvo a su vez una contraparte exterior, destacando sobre todo el mito de la ballena-isla. Este ser, que a veces era representado como una tortuga, tenía un tamaño tal que sobre su lomo crecían volcanes, bosques y cascadas. Dependiendo de su origen y el significado del mito, tomaba distinto nombre —Zaratán, Hafgufa, Lyngbakr, entre otros— e intenciones. La mayor parte de las veces este ser se presentaba a los cansados navegantes en forma de paraíso terrenal, atrayendo sobre su superficie a sus víctimas para luego hundirse en las profundidades, devorándolos. Estos oasis sobre el mar tenían una presencia estable, un estado permanente que no podía distinguirse de la tierra real: un continente flotante. Curiosamente, la comprensión humana de las ballenas como entes geológicos se vería reforzada con el paso del tiempo. Pero el origen de este entendimiento sería el que cambiaría.

La caza comercial de ballenas cuenta también con su propia historia mítica. En 1712 Christopher Hussey, marinero de Nantucket, dio caza al primer cachalote tras haber sido arrastrado mar adentro por vientos huracanados (3). Así, se dio origen a la caza de cachalotes en aguas abiertas, con sus correspondientes perfeccionamientos tecnológicos y el aprovechamiento comercial de estos animales, que pasaron de ser continentes a ser contenedores. Este mito fundacional, tan necesario como cualquiera, parece purgar las culpas iniciales de una explotación que ha tenido siempre algo de sacrílega.

(3) Obed Macy, The history of Nantucket
(Nantucket, W. Coffin, 1835).

Otros relatos —y en especial Moby Dick, que ha sido visto como el relato ballenero por excelencia, y como el único capaz de cristalizar absolutamente toda la cosmogonía tejida a su alrededor, incluyendo ficción y realidad— han contribuido a mantener este mito de heroísmo en el que las que tanto cazadores como presas tenían posibilidades de morir. Un mito tan extendido que hizo que los inventos de Svend Foyn fueran considerados tramposos, inhumanos y censurados, cuando no eran más que otra innovación igualmente orientada hacia la industrialización de esta actividad (4).

(4) Foyn fue pionero entre otras cosas en la implementación de arpones explosivos
disparados por cañones y buques a vapor, cuestión clave en el reemplazo de Noruega
por sobre Estados Unidos como la nueva gran potencia ballenera mundial.

Antes de la masificación de la electricidad a fines del siglo XIX, la energía mecánica y la iluminación provenían de fuentes diferentes. Mientras la primera venía principalmente de combustibles fósiles como el carbón y la madera, la segunda se extraía de animales y plantas, o en forma de gas tomado directamente desde su fuente. El rol que las ballenas en general y los cachalotes en particular tuvieron en este proceso fue considerable. Gran parte de la iluminación pública de las ciudades más ricas provenía de la grasa procesada de ballena, así como una parte importante de la iluminación doméstica. En forma de velas elaboradas con el líquido contenido en la cavidad craneal del cachalote —conocido como espermaceti, esta fuente lumínica doméstica llegó a ser la primera medida estándar de iluminación artificial del mundo, debido a su fiabilidad.

Las ballenas tuvieron así, durante cerca de tres siglos, una presencia geológica real. Desde el siglo XVIII se convirtieron una fuente de recursos, ayudando literalmente a aceitar los engranajes de lo que se conocería posteriormente como revolución industrial (5). Asimilables a los yacimientos de minerales, aparecían incluso en los mapas en forma de una cola asomada sobre el agua, símbolo de la presencia de acumulaciones de cetáceos en zonas específicas. No es casualidad que dos de las grandes causas del decaimiento de la “era dorada” de la cacería de ballenas de Estados Unidos hayan sido precisamente la fiebre del petróleo y del oro. Ambas dieron paso a extracciones de alto impacto paisajístico y natural, y coincidieron en una carrera por obtener más y a mayor velocidad. Y cada una de ellas dio paso a su propio mito. Nuestra relación con las ballenas tiene entonces tanto de virtualidad como de realidad, y es mucho más una relación artificial que natural. Se basa en una producción, pero ni siquiera en una únicamente comercial, sino además intelectual, de sentido, una fuerza que se separa y supera el mito, pero que a su vez es justificada por el mismo.

(5) Los lubricantes derivados de ballenas siguen en uso hasta el día de hoy,
llegando incluso al espacio a través de la NASA, y creando de paso otro mito.
Es importante aclarar que la industria ballenera, al igual que la porcina,
aprovechaba el animal en su totalidad. Los productos derivados alcanzaban esferas
tan variadas como la de higiene,belleza, perfumería, iluminación,
gastronomía, textiles y la agricultura, entre otras.

José Manuel Monge. Arquitecto, Pontificia Universidad Católica de Chile. Profesor instructor e investigador de la misma universidad y de la Universidad Mayor.

(2) Plautius, Caspar. Ilustración de San Brandán, en Nova Typis Transacta Navigatio. Novi Orbis Indiae Occidentalis (1621).
(3) New Bedford Whaling Museum, Barriles de aceite de ballena en New Bedford. © New Bedford Whaling Museum.
(4) Purrington, Caleb; Russell Benjamin, Grand Panorama of a Whaling Voyage ‘Round the World (1848). © New Bedford Whaling Museum.
(5) Maury, W.F., Mapa de ballenas (1851). ©Library of Congress, E.E.U.U.
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